jueves, 7 de mayo de 2020

Prompt 13: Amnesia

Un idioma secreto
Estela reganó la consciencia poco a poco. Sentía los pensamientos lentos y pesados, como una masa espesa. De repente, le dio la apremiante sensación de que algo no iba bien.
Abrió los ojos de golpe, y se incorporó en la cama, mirando a su alrededor. Estaba en su cuarto. Eran las mismas sábanas verde menta, el mismo armario entre abierto, las mismas paredes color crema. Su estómago le dio un vuelco cuando pasó la vista por la mesilla de noche, en la que solo había una lamparita, un libro y su móvil con una luz.
Salió de la cama de golpe, derecha al baño. Pasó por el pasillo como una exhalación, con la mano en la boca, y apenas sí le dio tiempo de levantar la tapa del váter antes de vomitar lo poco que tenía en su estómago. No recordaba qué había cenado la noche anterior.
Después de un rato, se levantó y se miró al espejo. Tenía la camiseta del pijama algo levantada, y pudo ver una venda. Frunció el ceño y se levantó más la camiseta. ¿Qué demonios le había pasado? Sintió su pulso acelerándose, y su respiración se volvió loca mientras se tocaba la cadera. Se palpó, intentando decidir algo, y se dio cuenta de que, aunque la venda le daba la vuelta a toda la cintura, le dolía más en la parte izquierda de la espalda baja.
—¿Qué demonios? —musitó, con los ojos como platos. 
Trató de buscar el comienzo de la venda para quitársela y ver qué demonios le había pasado. Sus pensamientos ya no eran espesos, es más, estaba pensando tan rápido que ni siquiera podía entender una idea antes de que fuera sustituida por la siguiente. La mayoría no sabía si tenían sentido, o eran solo una serie de confusos gritos mentales.
—No te lo toques.
La voz le hizo dar un grito y un salto, lo cual hizo que le doliera la espalda y tuviera que sisear, poniéndose la mano encima. 
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a León, su hermano pequeño. 
Él la miró extrañado. Llevaba el pijama, y sus ojos oscuros le parecieron estar muy, muy tristes. Estaban hinchados. ¿Había estado llorando? ¿Le había pasado algo con alguien, y por eso estaba allí? 
—Ayudarte con eso.
—¿Qué me ha pasado? 
Su hermano no pareció ni un poco sorprendido por su pregunta. ¿Por qué no le parecía raro que no se acordara?
—Tuviste un pequeño accidente —dijo, apretando la mandíbula y apartando la mirada—. Te pusieron una anestesia bastante fuerte, dijeron que te costaría un poco recordar. 
Estela se quedó un poco parada con la boca entreabierta, pero la respuesta de su hermano la tranquilizó. Si él estaba así de calmado, no podía ser tan malo, ¿no?
—¿Estoy bien? —se sintió estúpida teniendo que hacer esa pregunta.
León asintió, aunque se dio la vuelta y fue a la cocina. 
—Vamos a desayunar. 

En seguida los dos estuvieron en la mesa del salón, con sendas tazas de café. León había insistido en hacerlo de máquina, aunque a ella no le importaba que fuera soluble. Miró a la simple tostada sobre su plato, sin mantequilla pero con una tonelada de mermelada, y su estómago rugió. 
Le dio un gran mordisco y sintió el sabor del melocotón en su lengua. 
¡Puaj!
Levantó la cabeza de golpe, buscando la fuente de esa voz, aunque sabía que había sonado solo en su cabeza. Le pareció una voz conocida, aunque de primeras no supo quién sería. 
De mi hermano
Asintió, mirando a León. Ahora que lo pensaba, sí que había sido de León. Aunque a él no le disgustaban las tostadas de mermelada, es más, se estaba comiendo una igual que ella. 
Frunció el ceño, sintiendo un dolor de cabeza emergente. Dejó la tostada de nuevo en el plato y se levantó.
León la miró con curiosidad. 
—Me voy a duchar.

Fue a su cuarto y cogió ropa de calle. No sabía muy bien qué quería hacer, pero tenía la sensación de que debía salir, que le diera el aire. 
Llegó al baño y cerró tras de sí antes de dejar la ropa sobre el lavabo y coger las toallas que había colgadas en una percha tras la puerta. Al cogerlas, vio algo caer y se agachó para cogerlo.
Sus manos tocaron una tela suave y pomposa, y ahogó un grito, apartando la mano como si quemara. Se cayó al suelo de culo, y solo entonces pudo ver que era un calcetín. Un estúpido calcetín blanco, con círculos azules, de los que son muy suaves y se compran en Primark.
En su mente apareció una figura de hombre, con la etiqueta "Hermano". Suspiró. Debía ser de León. 
Su dolor de cabeza aumentó exponencialmente, y se levantó con un siseo. Cogió un Paracetamol y se lo tomó con un trago de agua del lavabo. Luego, se metió en la ducha sin querer pensar en por qué solo había un calcetín, y por qué su mente había decidido no recordar lo que fuera que había pasado.

Al salir de la ducha y preguntar a León, este le dijo que le habían dado la baja hasta el lunes, o sea que aún le quedaban tres días libres. Una parte de Estela quería ir a trabajar; le gustaba lo que hacía, y echaba de menos a los chavales a los que daba clase en el instituto. Además, tampoco entendía por qué tendría baja, si él le había dicho que no había sido para tanto. 
León decidió que irían a comer por Madrid y a dar una vuelta para despejarse, pero que en el momento en el que se sintiera mínimamente cansada tendría que volver. 
—¿Seguro que es normal que no recuerde nada de lo que pasó? 
—Los médicos dijeron que sí. 
—Pero, ¿qué pasó? No sería más que un corte, no tiene sentido. 
León suspiró. Iba mirando por la ventana del autobús. En ningún momento la miró mientras hablaban, y ella empezaba a molestarse. Sabía que su hermano pequeño siempre había sido bastante reservado, pero estaban hablando de su salud, física y mental. Podría tomárselo un poquito más en serio. 
—El psicólogo dijo que se llama amnesia psicógena, y que pasa bastante. No hay ningún problema neurológico, ni nada; te hicieron pruebas. Cree que debemos darle a tu cerebro un margen de una semana para que recuerde él solo, que será mejor que decírtelo nosotros —la sorprendió cogiéndole la mano y dándole una pequeña sonrisa—. Pero que sepas que tú estás perfectamente, y todo salió bien.
Estela se reclinó contra el asiento y exhaló, inflando los mofletes. No le parecía justo que su propia mente se rebelara contra ella, pero le tranquilizó saber que no pasaba nada serio, y que en una semana como mucho sabría la verdad. 
Justo en ese momento, empezó a sonar una canción nueva en el autobús. El conductor llevaba todo el camino con la radio puesta, pero esa en concreto hizo que sus ojos dejaran de enfocar. Era Bad Medicine, de Bon Jovi. Se le puso un nudo de angustia en el pecho, y sintió que estaba más triste que nunca. Miró a su alrededor, confusa. No podía estar así por la canción, porque aunque la letra era algo triste, ella llevaba sin pareja desde hacía años, y estaba muy bien así. 
En su mente, apareció una imagen de la casa de sus padres, con esa canción sonando de fondo. La risa de su madre, la sonrisa de su padre mientras daba un trago de vino. Un reflejo de ella en el gran espejo del salón, bailando la canción con alguien, algo borracha. ¿León? No, una imagen de León, tirado en el sofá con el móvil en la mano, grabándola, completó la escena. 
¿Quién era el que bailaba con ella? 
El autobús frenó en ese momento, y León tiró de su mano. Era su parada. 
En cuanto puso un pie fuera, decidió que no había nadie más en ese recuerdo. Solo ella, bailando sola con su familia.

Caminó por las calles de Madrid centrándose en todo a su alrededor. La gente, las tiendas, el ambiente. Fueron por Gran Vía, y llegaron a Callao antes de girar de camino a Sol. Estela se sentía bien, pasando tiempo con su hermano de nuevo. Hacía bastante que no pasaban una tarde así, y le dio cosa que hubiera tenido que encontrarse mal para por fin hacer tiempo para él. Se prometió que intentaría volver a hacer planes más adelante. 
León cada vez parecía más animado, aunque ella seguía viendo un brillo de tristeza en sus ojos, y no entendía muy bien por qué. En cuanto se sentaran en algún sitio a tomar algo, se lo preguntaría. 
La herida le seguía doliendo de vez en cuando, pero León le había dado unas pastillas que le había mandado el médico, y en seguida sintió mejoría. Aunque también sentía la cabeza un poco ligera, supuso que por el anestésico. Se reía un poco demasiado por cualquier tontería.
Justo se estaba riendo de un hombre disfrazado de koala gigante que había justo frente al Corte Inglés cuando alguien se cruzó muy cerca de ella. Le miró por encima del hombro con el ceño fruncido, hasta que le llegó el olor. 
Alonso.
—¿Quién es Alonso? —preguntó en alto, con el corazón a mil por alguna razón que no llegaba a comprender.
—¿Qué? —la pregunta de León parecía más bien un grito.
Le miró extrañada, parando en medio de la calle abarrotada.
—El olor de alguien al pasar me ha recordado ese nombre, pero no sé quién es. Solo es un nombre.
Su hermano fingió una sonrisa.
—Siempre me ha parecido muy curioso el poder de los olores. Es como cuando asomas la cabeza por la ventana un día de abril y de repente piensas "huele a verano".
Estela se rio un poco, pero algo en su interior seguía desubicado. Además, León había dicho todo eso con un falso tono alegre que no le gustaba ni un pelo. 
Intentó no decir nada, hasta que después de un rato por fin llegaron a un 100 Montaditos. 
Estela sacó el móvil y vio que alguien que le sonaba de algo la había etiquetado en una foto de Instagram, y que tenía veinte nuevos mensajes y diez solicitudes de amistad. 
¿Qué demonios? 
Se metió en la aplicación, y en apenas un segundo sintió que se le caía el móvil sobre la mesa. Sus ojos seguían fijos en una imagen. Era ella, abrazando a un chico. Un chico con sus mismos ojos marrones, su mismo pelo rubio, y su misma sonrisa. Incluso la misma forma de la nariz. 
Miró a León con la respiración hecha un desastre, y él estaba pálido, mirando el teléfono como si hubiera visto un fantasma. Abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar. 
No hacía falta que dijera nada. Los recuerdos volvieron a ella como un tsunami. El de la foto era Alonso. Alonsito. El imbécil de su hermano gemelo. Con el que hasta se había inventado un idioma secreto. Todos los recuerdos de su infancia volvieron a ella. ¿Cómo podía haber olvidado a la persona más importante de su vida? Claro que ese hombre le había recordado a Alonso, llevaba su misma colonia, la que ella siempre le regalaba por navidad para vacilarle antes de darle su regalo de verdad. Claro que no había estado bailando Bad Medicine sola con su familia, había estado bailando con él, haciendo el tonto. El calcetín no era de León, era de Alonso, que siempre se los dejaba tirados por cualquier parte cuando se quedaba a dormir con ella. Y no era León el que odiaba la mermelada de melocotón, era Alonso, que siempre las tomaba solo de Nocilla. 
Estela sintió un sollozo romper por su garganta, y se llevó las manos a la boca, mirando a León. No sabía qué había pasado. No sabía por qué se sentía así. Solo sabía que Alonso ya no estaba. 
—¿Por qué? —fue lo único que consiguió decir. Apenas se escuchó a sí misma por el ruido de su corazón estallando en mil pedazos. 
Su hermano, su otro hermano la cogió en un abrazo, y los dos empezaron a mecerse, sin importarles que el resto de mesas a su alrededor les estuvieran mirando. Estuvieron en silencio un par de minutos, hasta que ella repitió la pregunta. Necesitaba saber. 
León se apartó y se pasó las manos por la cara. También estaba llorando. Las pocas esperanzas que Estela tenía de que su gemelo simplemente estuviera lejos, o mal, se desvanecieron al ver las lágrimas de León. 
Le vio tragar con fuerza antes de hablar. 
—El sábado pasado llamó de madrugada. Dijo que habíais salido de fiesta, y que habías empezado a encontrarte muy mal. Estaba confuso, porque habías estado bebiendo, pero no tanto como para ponerte así. Dice que vomitaste, dijiste que te dolía muchísimo la tripa y la espalda, que tenías miedo, y te desmayaste. Le dijimos que llamara a la ambulancia. Cuando llegaste al hospital, te hicieron pruebas y dijeron que tenías fallo renal. Que debía llevar bastante tiempo creciendo, y que ese día había llegado a su límite.
Estela no dijo nada. Solo lloraba, con las manos aún sobre la boca. Los recuerdos de la fiesta también volvieron. Había estado hablando con una chica cuando le pasó, y fue corriendo a buscar a Alonso, asustada. Recordó ver sus ojos oscuros llenos de preocupación antes de desmayarse; y después, cuando se despertó en el hospital. 
>>Necesitabas un trasplante —siguió León, con los puños apretados y mirando a la mesa como si ésta fuera la culpable de lo que estaba contando—. Los médicos dijeron que no tardaría mucho, pero Alonso dijo que te lo donaba sin problema. Estuvo un par de días ingresado contigo. No te despertaste mucho, la única vez que lo hiciste empezaste a gritar de dolor y tuvieron que sedarte.
—Recuerdo eso —musitó. 
—En cuanto pudieron hacer la operación, entrasteis los dos. Alonso estaba contento. No son operaciones con mucho riesgo, y le gustaba poder ayudarte. Dijo que al menos así el resto de su vida en abstinencia se pasaría mejor porque tú también la pasarías con él, y podría meterse contigo 
Su hermano se calló. 
—¿Qué pasó? —instó. No quería saberlo. Solo quería levantarse e irse. Pero debía saberlo. 
León se secó las lágrimas con excesiva fuerza, dejándose un restregón rojo bajo los ojos. 
—Hubo complicaciones. Los médicos no saben muy bien por qué, pero su corazón simplemente paró. Dicen que a veces pasa, aunque es raro. Las operaciones nunca son cien por cien seguras, dijeron.
Estela controló el sollozo que la derrumbó por dentro, dejando solo un inmenso vacío. 
>>Te lo contamos cuando te despertaste. Te dio un ataque de pánico, te tuvieron que sedar. Cuando despertaste el jueves, no recordabas nada. 
Estela se quedó en silencio unos minutos, recomponiendo las piezas del horrible y asqueroso puzzle que eran sus recuerdos. Todo encajaba, pero joder, solo esperaba que León le dijera que era una broma pesada, y su hermano pequeño (por diez minutos) apareciera por esa puerta. 
—¿No va a volver? —preguntó, desesperada.
León la volvió a abrazar, y sintió que él temblaba. 
—Lo siento, tata. Lo siento tanto. 

lunes, 13 de abril de 2020

Prompt 12: primera cita en una pescadería

Escapada romántica
Klak no paraba de dar vueltas por su casa, sus patitas dejando pequeñas marcas en el poliespán. Todos los demás se habían apartado de en medio, aburridos por su comportamiento, y por la charla que llevaba echándoles desde hacía horas.
—No me puedo creer que vaya a hacer esto —iba murmurando, en bucle. 
Aún quedaba un rato hasta que tuviera que ir a por ella, pero sentía que le iba a dar un ataque antes. ¿Cómo se respiraba? 
Una lluvia fina cayó sobre él y miró hacia arriba todo lo que pudo, girando el largo cuello rojo hasta formar un ángulo de noventa grados con el cuerpo, las pinzas delanteras alzadas sin poder evitarlo. Inhaló el olor húmedo y dejó que las gotas le intentaran calmar. 
No lo consiguieron. 
Se acercó hacia su mejor amigo, Plip, que le estaba mirando sin expresión. Era difícil poner alguna expresión con un exoesqueleto. Pero Klak sabía que su amigo estaba harto de él, a pesar de que le fuera a apoyar de todas maneras. 
—¿Cómo estoy? —preguntó, el nerviosismo claro en su tono.
Su amigo se le quedó mirando un segundo.
—Pues igual que todos. 
Klak se enfadó un poco por la falta de colaboración.
—Eso no me vale, tengo que estar excepcional, radiante. Quizás si me quedo más bajo el chorro la próxima vez que toque...
—Quizás si te das mil vueltas más a la caja estarás en plena forma para impresionarla —notaba claramente el sarcasmo en la voz de Plip. 
—Tienes razón —respondió, cegado por los nervios. 
Cuando terminó la siguiente vuelta, Plip caminó con rapidez para ponerse en medio de su camino. 
—No va a cambiar nada, inútil. Tan solo espera a que la caja de abajo esté vacía y ve con ella. Además, es un cangrejo verde, para ella todos somos iguales. Igual que todos son iguales para nosotros, si no es ella ni siquiera te vas a dar cuenta.
—Eso es bastante racista, Plip. 
Su amigo no respondió. Es más, se dio la vuelta y se fue a hablar con otros cangrejos de una esquina. 
Klak suspiró internamente. Sabía que estaba exagerando, pero no sabía manejarlo mejor. Si fuera una cangreja de la caja, aún sería más sencillo porque todos se conocían y el protocolo ya quedaba olvidado en confianza.
¿Por qué, oh, por qué tenía que haberse caído esa mañana en la caja de los cangrejos verdes cuando el hombre les había sacado del almacén? 
La había visto ahí, mirándole toda confundida, con ese exoesqueleto verde, tan exótico, y no había podido evitar pedirla verse de nuevo. Tan solo era cuestión de tiempo que el hombre se diera cuenta, pero Klak tenía que conocerla mejor. 
La cangreja solo había atinado a tartamudear un sí antes de que la mano enorme del hombre le cogiera y le llevara de vuelta con sus compañeros. Klak le había gritado que quedarían en la caja debajo de ambos, cuando esta estuviera vacía porque ya hubieran comprado todo el salmón que había. Siempre se agotaba rápido. Al menos, es lo que había pasado los dos últimos días que había estado allí. 
Ahora se apoyó en el borde inferior de la caja de poliespán, haciendo fuerza con las pinzas delanteras para alzarse sobre el borde. Atinó a ver la caja de abajo. Aún quedaba una pieza de salmón sobre el hielo desmenuzado. Era cuestión de tiempo. 


Si Crabla hubiera sido físicamente capaz de poner expresión de aburrimiento, estaba segura de que nunca antes en su vida hubiera tenido tanto sentido que la pusiera como ahora. 
Todas sus amigas llevaban un buen rato arremolinadas a su alrededor, chasqueando las pinzas y moviéndose de un lado a otro, nerviosas. 
—Pero cómo vas a salir con uno de... ¡de esos!
—¿Es que estás loca? 
—Yo de verdad no sé de dónde sacas tal mal gusto.
También quiso fruncir el ceño para mirar mal a su compañera.
—¿Cómo que mal gusto? —alzó un poco la cabeza, aunque simplemente fue agachar las patas traseras y estirar las delanteras—. Pues a mí me pareció un cangrejo muy guapo, sobre todo comparado con los que tenemos aquí. 
Todas sus amigas hicieron sonidos de disgusto, y se empezaron a alejar sutilmente, charlando como si ella estuviera loca. 
Al final, solo quedaron dos: Pik y Tac. 
—¿Vosotras también creéis que es un error? —suspiró Crabla.
Las dos se miraron entre sí antes de volver a hablar.
—A ver —empezó Pik—, a mí no me ha parecido muy guapo, pero para gustos los colores.
—Además —repuso Tac—, ¡es una aventura! Ya quisieran muchas de aquí escaparse de la caja para encontrarse con un amante secreto —dijo, con tono ensoñador. 
Crabla se puso bastante contenta con ese comentario. Lo cierto es que le había parecido una locura, y no sabía por qué había dicho que sí cuando ese cangrejo se había caído en su caja esa mañana. Quizá había sido la forma en que su cuerpo alargado se había retorcido al levantarse, o la forma en la que sus ojos negros la habían mirado. Pero se había encontrado a sí misma diciendo que iría, y ahora no se iba a echar atrás. 
—¿Estás nerviosa? —preguntó Tac.
Crabla se lo pensó un momento.
—No. Bueno, un poco, sobre todo por ver cómo llego hasta la caja de abajo, pero creo que irá bien. Parecía muy majo. 
Sus amigas asintieron, y las tres empezaron a hablar sobre lo que podían hacer el rato que estuvieran juntos, sobre si se verían de nuevo, o incluso sobre escaparse de allí como en un cuento de hadas, hacia la libertad. Justo cuando estaban diciendo eso último, una lluvia fina cayó (como cada diez minutos), y la escena quedó mucho más épica, haciendo que la emoción de las tres cangrejas fuera en aumento. 

Cuando finalmente el último lomo de salmón desapareció de la caja, Klak ya llevaba un rato observando y fue corriendo a buscar a Plip para que le ayudara a subir. 
Su amigo no paró de quejarse e insultarle, pero aún así se puso en el borde de la pared para que Klak pudiera subirse a su espalda.
—Más vale que merezca la pena y que tengas buenas historias que contar a la vuelta, pelmazo. 
Klak le hizo callar.
—¡No me lo gafes!
Plip no dijo nada más, y Klak en seguida consiguió subir al borde y deslizarse hacia la caja justo de bajo. Se dejó caer, y sus piernas resbalaron por la superficie inclinada cubierta de hielo medio derretido hasta que consiguió pararse. Cuando se chocó contra la pared de abajo de la caja vacía.
Entonces se quedó mirando fijamente la caja que había justo al lado de la suya, por la que debería aparecer su cita de un momento a otro. 
Pasaron dos finas lluvias, y ya pensó que ella le iba a dejar plantado y se planteó cómo siquiera iba a volver a su casa, cuando por fin vio una cabeza verde aparecer sobre el borde de la caja. 
En unos segundos, a la cangreja le pasó lo mismo que a él, y se escurrió soltando un pequeño chillido hasta llegar abajo, casi golpeándole de lleno. 
—Hola —dijo ella, sin respiración, cuando se recompuso.
—Hola —respondió él, sintiéndose un poco estúpido y sin saber qué decir. 
Ya habían llegado allí, ¿ahora qué? 
—Bueno... —empezó a hablar ella, algo incómoda, chasqueando un par de veces las dos pinzas verdes —¿Qué tal?
Si no fuera ya rojo, Klak probablemente se hubiera sonrojado en ese momento.
—Bien. Muy bien. ¿Y tú? Por cierto, me llamo Klak.
Ella se le quedó mirando.
—¿Klak? Que nombre tan... curioso —no sabía si lo decía para bien o para mal —. Yo me llamo Crabla.
Él pensó que era un nombre raro, pero no iba a decir eso.
—Encantado. ¿Qué tal  la vida en tu caja? 
Entonces los dos empezaron a hablar, y se dieron cuenta de que la vida allí era más o menos parecida. Crabla tan solo llevaba allí desde el día anterior, la mitad de tiempo que él, pero ya había descubierto todo lo que había por descubrir en ese sitio. No era mucho, pero al menos seguían vivos, que era más de lo que se podía decir de la mayoría de los habitantes de las otras cajas. 
Los dos se rieron y bromearon, y se fueron acercando cada vez más y más.
Justo cuando Klak pensó que iban a chocar las frentes -el beso típico de los cangrejos, y aparentemente un gesto natural en todas las razas de cangrejo- vio una sombra sobre ellos. 
Pensó que tan solo sería el brazo del hombre pasando sobre ellos para coger alguna cosa, como pasaba muchas veces al día, pero su corazón se le paró en seco cuando se dio cuenta de que la mano estaba justo frente a ellos. 
Es más, había dos manos. 
Les habían pillado. Con lo bien que iba, y ahora iban a volver a sus dichosas cajas a esperar la próxima oportunidad, que probablemente no fuera hasta el día siguiente. Una eternidad.

La otra mano cogió a Crabla y la dejó de vuelta en su caja. Ella estaba un poco desubicada porque no lo había visto venir, y su mirada se encontró fija sobre la mano que llevaba a Klak aún por el aire. 
Esperaba que le dejara en su caja, y que ambos se asomarían sobre el borde para seguir hablando un poco más.
Sin embargo, ante su atenta mirada, el hombre metió a Klak en un cucurucho de papel, ignorando sus gritos desesperados, y luego cogió a otros cuatro de la misma caja de cangrejos rojos, que fueron a parar al mismo sitio. 
Después, Klak se había ido. 

martes, 7 de abril de 2020

Prompt 11: Relato distópico

El maldito umbral
Humanos, ha llegado el momento.
La voz, firme y profunda, sonó a través del aire por todo el mundo. No era ni de hombre ni de mujer. No era un sonido reconocible. Hasta ese día, había mucha gente que pensaba que ni siquiera fue un sonido propiamente dicho. Nadie sabía qué idioma estaba hablando, pero todos lo entendieron a la perfección de alguna manera.
Todos los animales callaron, como llamados a la calma por la voz desconocida.
Y toda la actividad humana cesó en ese momento. No hubo choques de coches, no hubo accidentes. Todos siguieron haciendo exactamente lo mismo que habían estado haciendo antes, pero en piloto automático. Su consciencia había sido llamada por la voz.
Hasta hoy, Vishnu os había vigilado con cariño. Os ha guiado, os ha intentado enseñar, y ha plantado las semillas que una civilización necesita para crecer todo lo posible. También ha dejado en vuestras propias manos la decisión de cuidar y hacer crecer esas semillas o no. 
Pero, como a todas las civilizaciones, ha llegado el momento de cruzar el Umbral. Desde hace poco os hemos ido preparando, dado avisos para que os reorganicéis, os hemos dado toda la ayuda que hemos podido. 
Hoy, por fin, Vishnu se retira para dejar paso a Shiva. Serán meses duros, quizás años. Igual que Vishnu plantó las semillas para vuestro crecimiento, Shiva ha plantado la de vuestra destrucción. Y, al igual que entonces, ahora es vuestra decisión seguir regando, o cesar hasta que la tormenta amaine.
Puede que no consigáis salir de esta. Ha pasado muchas veces antes, con muchas civilizaciones incluso más preparadas que vosotros.
Pero también puede que salgáis a delante, de alguna manera, como especie. Que paséis el Umbral que os ha sido marcado, y consigáis perdurar en este universo durante otro ciclo. Al igual que muchos más preparados que vosotros perecieron, hay otras tantas civilizaciones inferiores que lo consiguieron, y que lo conseguirán.
La decisión es vuestra. El desenlace, también. 



Mario encendió la televisión y en seguida la volvió a apagar. Ya habían pasado dos años desde el anuncio de Brahma; uno y medio desde que pensaron que se había estabilizado la pandemia; y algo más de un año desde que ellos empezaron a salir a la luz.
Tan solo un diez por ciento de la población mundial había sobrevivido a ese primer año. Los que sobrevivieron pero se habían infectado habían cambiado. Y algunos de los que creían muertos, habían resultado no estarlo tanto.
Habían sido unos años interesantes.
Su hermana pequeña, Mónica, entró en el salón con una de sus tazas de té. Se acababa de duchar y tenía el pelo húmedo. Se sentó en el sofá sin decir nada. Solía ser muy habladora, pero ahora se lo guardaba todo para sí misma. Aunque lo mismo había pasado con él. Ahora, se comunicaban de una forma diferente. Más pausada. Más pesada.
Sonó la puerta de la casa y ambos se tensaron y la miraron de golpe.
Por allí entró Víctor, con la mascarilla mal colocada y la respiración acelerada. Cerró de golpe la puerta tras de sí. Para cuando se quitó la mascarilla y los guantes, Mario y Mónica ya estaban a un metro de él, mirando expectantes.
―Había uno ―explicó el chico, con la mano en el pecho y la bolsa con pan y patatas aún bajo el brazo derecho―. Estaba al final de la calle, y creo que no me ha visto, pero yo sí y he salido corriendo. 
Silvia entró en la sala a paso apresurado, con el ceño fruncido por la preocupación. Llevaba el pelo recogido en un moño y las gafas de ver un poco torcidas sobre la nariz. Había estado trabajando. 
―¿Solo uno? ―preguntó, rápidamente recogiendo los datos de la conversación.
Víctor asintió, y por fin se quitó la bolsa del hombro. 
―Cada vez hay menos ―susurró Mónica.
Mario la miró.
―Es verdad. Quizá por fin estamos pasando el Umbral...
―O quizás estamos muriendo todos. Nosotros y ellos. 
Las palabras amargas de Víctor les hicieron callar a todos durante el resto de la tarde. 
Cuando todo eso había empezado, Víctor y Silvia habían estado juntos, viviendo en esa casa desde hacía unos meses. Mario había sido el mejor amigo de Víctor de toda la vida, y éste no había dudado en acogerle cuando los padres de los hermanos habían sido infectados hacía unos meses. 
Sin embargo, la pareja no fue capaz de aguantar la situación unida. Poco a poco, las tensiones se fueron haciendo demasiado, y terminaron rompiendo hacía dos meses. El primero había sido bastante incómodo, pero ¿qué eran unas semanas de incomodidad dentro de una casa en la que estaban a salvo de la plaga? Los dos habían aprendido a sobrellevarlo, y ahora se llevaban bastante bien, como amigos. 

Ese día le tocaba a Mónica hacer las comidas. Había tenido que aprender a cocinar, pero le gustaba mucho; era una distracción ―aunque momentánea― de todas las cosas que pasaban a su alrededor.
De alguna manera, los servicios de electricidad, agua e internet seguían en pie, aunque malamente. El ser humano se agarraba con uñas y dientes a lo que le había costado toda una evolución conseguir. 
Fue entonces cuando escuchó los chillidos en el edificio. Los dos eran masculinos, pero uno era horrorizado y el otro era claramente no humano. 
Se le pusieron los pelos de gallina, y quitó la sartén del fuego antes de coger dos cuchillos bien afilados que guardaban en el tercer cajón de la cocina. 
Casi como si la hubiera llamado, Silvia apareció por la puerta y cogió el cuchillo que Mónica le tendió. 
―¡Víctor, Mario, encerraos en el baño! ¡No salgáis hasta que no volvamos nosotras!
Los científicos que aún quedaban en pie trabajaban día y noche para encontrar respuestas: una vacuna, una cura, una solución. 
Por ahora, lo único práctico que habían encontrado era que los convertidos se guiaban por sus propias hormonas para encontrar a sus presas. Por ello, solo perseguían y atacaban a los humanos con las sus mismas hormonas.
Según los gritos que habían escuchado, las dos estarían relativamente a salvo de lo que fuera que había entrado en su portal. 
Ya había pasado muchísimas veces antes. Cuando uno de ellos entraba en un edificio, esperar a que se fuera no era útil porque se quedaría esperando, escondido, a que alguien saliera para ir a por él. Había demasiados olores humanos como para disuadirle.
Así que, sin pensar demasiado, Mónica abrió la puerta del tirón. 
A los pocos segundos, los pasos frenéticos empezaron a subir desde el segundo. La puerta de enfrente se abrió, y por ella salió Cristina con un cuchillo jamonero en la mano. 
Cuando el hombre consiguió subir las escaleras a su piso, Cristina le cogió de la manga sin contemplaciones y le tiró hacia el pasillo de su casa. El chaval se cayó al suelo y reculó a cuatro patas, sin importarle no conocer a la mujer que le acababa de meter en casa.
Justo a tiempo, apareció el otro corriendo por las escaleras. No tenía un aspecto demasiado demacrado; era como cuando vas a un tanatorio y ves al difunto al otro lado de la pantalla. Pálido, subrealista, casi como un muñeco. Pero con los ojos abiertos y negros por la necrosis. 
A pesar de que atacaban a gente con sus mismas hormonas, no eran tontos. Así que el convertido se lanzó hacia Cristina, que era la que tenía más cerca, intentando ir directamente a por el cuello con esos dientes amarillos y rotos, las encías muy retraídas.
Sin titubear, Cristina le clavó el cuchillo en el pecho y se echó hacia atrás para que no le llegara a dar.
Mónica y Silvia se lanzaron hacia él y le tiraron al suelo. Silvia le agarró los hombros y Mónica las piernas. Cristina sacó el cuchillo de su pecho, todo manchado de un negro viscoso, y no titubeó ni un momento al clavarlo en su cuello y hacer fuerza hacia abajo. Los tejidos medio podridos no opusieron mucha resistencia, y la cabeza rodó escaleras abajo, haciendo un ruido húmedo cada vez que golpeaba el lado interno del cuello. 
Las tres chicas se pusieron en pie y se miraron con complicidad. Si había algo que había conseguido todo esto, era que habían aprendido a ayudarse, costara lo que costara. Ya no eran todos contra todos.
Era humanos contra el maldito Umbral.

lunes, 6 de abril de 2020

Prompt 10: Disfraces

The eyes, chico, they never lie
Clara le dio un trago a su copa mientras escuchaba la conversación de sus amigos, pero no estaba prestando demasiada atención. Era la primera vez que todos iban tan elegantes a un evento, todos eran mucho más de ir a discotecas guarras o botellones cutres, y vestir de chándal.
Pero ahora allí estaban, en medio de una fiesta de máscaras organizada por la
Facultad de Económicas de su universidad. Normalmente ni se les hubiera pasado por la cabeza ir, pero la novia de uno de sus amigos les había dado entradas y todos se habían emocionado mucho con eso de tener que ir con máscaras y vestidos emperifollados, como si fuera de una película.
Aunque bueno, el fin era el mismo. Ya eran las doce y todos se habían tomado varias copas, así que Clara calculaba que para dentro de una hora ya estarían todos perreando aunque la música no fuera precisamente el último disco de Bad bunny.
Solo esperaba que el resto de estudiantes de allí hicieran lo mismo para que su grupo no fuera el único haciendo el ridículo en aquella fiesta.
De repente, su mirada se chocó con la de alguien al otro lado de la sala. Era una chica de piel morena, con un vestido carmesí que tenía un escote en v hasta el ombligo y era ceñido hasta la cintura para luego caer en ondas casi hasta el suelo. Llevaba unas plataformas negras. Tenía el pelo negro rizado y suelto, y le llegaba por los hombros. Sus ojos oscuros estaban maquillados con intensidad para destacar por debajo de la máscara negra con bordes dorados que llevaba. Sus labios oscuros estaban torcidos en una sonrisa.
Y la estaba mirando a ella.
Clara automáticamente desvió la mirada, y esperó que no se notara que se había sonrojado. La había pillado observándola, fijo.
Madre mía, qué vergüenza. 
Se propuso no volver a mirar para comprobar si la chica seguía mirando, y trató de prestar atención a lo que sus amigos estaban hablando.


Tania caminó entre el gentío intentando encontrar a su grupo de amigos. Se le había hecho tarde porque los zapatos que se había comprado para la ocasión habían empezado a apretarle antes de salir de casa, y había tomado la sabia decisión de ponerse otros; pero había tenido que estar un buen rato buscándolos.
Le pareció ver a su amiga Diana al fondo de la sala, así que se acercó hacia allí con paso rápido.
Mientras andaba, iba observando toda la gente que ya había allí. Aún entrarían más en las siguientes horas, pero no creía que se fuera a llenar demasiado.
Entonces su mirada se topó con un vestido color azul cielo intenso que brillaba con detalles plateados en la cintura. La chica que lo llevaba tenía el pelo cobrizo en un medio recogido en la nuca con un broche plateado, y la melena ondulada le llegaba casi hasta la mitad de la espalda. Sostenía un vaso medio lleno en la mano mientras la gente de su círculo hablaba, pero ella parecía algo distraída.
La chica empezó a girarse, inspeccionando sus alrededores con curiosidad, hasta que se topó con ella.
Tania casi pudo jurar que los ojos claros de la chica se agrandaron un poco tras la máscara plateada, pero no quería hacerse ilusiones.
Se quedó mirándola un poco después de que la otra ya se hubiera girado, pero en seguida siguió su camino hasta su grupo de amigas.
Todas tenían más vasos en las manos, y se metieron con ella en cuanto la vieron llegar por ir tan tarde.
―¡Aleluya! ―se burló Diana, pero le tendió un vaso lleno de vino blanco con sprite.

La siguiente vez que sus miradas coincidieron, la chica del vestido azul se estaba riendo. Tenía los labios pintados de un rojo claro, y Tania pensó que lo que de verdad tenía era una sonrisa preciosa. Las dos desviaron la mirada segundos después de un par de segundos, pero sus corazones siguieron acelerados otro par.
Según los estudiantes iban bebiendo más y más, y según el volumen de la música iba mejorando y ponían canciones más movidas, la gente empezó a moverse por la sala y a bailar unos con otros.
Tania saludó a varios de sus amigos de clase que había tenido en su primer año de económicas, justo antes de dejar la carrera, y estuvo un rato con cada uno de ellos poniéndose al día. Por un rato, se olvidó de la chica del vestido azul. Cuando volvió a recordarla, no la encontró por ninguna parte.

Clara olvidó varias veces su intención de no volver a mirar a la chica que la había pillado antes. Otras veces, sintió la mirada de la morena sobre sí misma, pero pensó que serían imaginaciones suyas y se resistió a comprobarlo.
Después de una hora, ya se había bebido varios vasos de vino tinto, y empezaba a reírse de todos los chistes de sus amigos. Incluso de los de Toni, que siempre eran malísimos.
Estuvo bailando un rato con todos ellos, pero le agradó ver que el resto de gente allí también había empezado a soltarse y a bailar. Supuso que al principio, con tanto ambiente y postureo, había sido más tenso.
Marta le cogió de la mano y tiró de ella.
―¿Qué haces?
―Acompáñame a por otra copa, y así te coges tú también.
Casi todos los demás las siguieron.
Clara echó un vistazo sin querer por la sala, pero no encontró a la chica del vestido rojo.
Cuando llegaron a la barra, se la encontró de frente.
Sus miradas volvieron a encontrarse.

Tania pensó que ese era su momento.
Sin quitarle los ojos de encima, se acercó a la chica y a su grupo.
―Hola, perdón ―saludó, con una sonrisa amable. Estaba lo suficientemente achispada como para atreverse a hacer eso, aparentemente―. ¿Quién es el último para pedir?
―¿Tania?
Un momento. Conocía esa voz. Tania miró a la chica castaña y se acercó a darle un gran abrazo.
―¡Hola Lucía! ¿Cómo estás?
Charlaron durante un rato, aunque era obvio que hacía mucho que no hablaban porque ninguna de las dos sabían muy bien qué decir. Es que Tania ni siquiera estaba allí para conversar con ella, para empezar.
Por suerte, la chica del vestido blanco en seguida le dio la excusa que buscaba.

Clara estaba muy nerviosa mientras la chica morena hablaba con Lucía.
Para su desesperación, empezó a sentir que tenía ganas de hacer pis, no sabía si por los nervios o por los vasos que ya llevaba bebidos.
Así que decidió excusarse e ir corriendo al baño. Con un poco de suerte, la chica aún seguiría por allí cuando volviera, y sino le preguntaría a Lucía por ella.
Pero para su sorpresa, la morena respondió:
―Ay, yo también tenía que ir. Te acompaño.

Las dos caminaron hacia el baño teniendo una conversación agradable pero tensa. Clara había visto las miradas que Tania le echaba, y Tania no se estaba cortando nada en tratar de dejar claras sus intenciones.
Cuando Clara salió del baño, Tania seguía allí de pie.
―¿Ya has pasado?
Tania la miró con un brillo travieso en los ojos.
―Mira, te voy a ser honesta. No tenía que ir al baño.
―Oh ―Clara sintió que se sonrojaba, y en su estómago explotaron miles de mariposas. Ambas se sostuvieron la mirada durante lo que le parecieron minutos, hasta que la tensión se le hizo demasiado.
Sintió que Tania estaba esperando alguna clase de respuesta.
―Entonces... ―fue lo único que atinó a decir.
Y lo único que hizo falta, porque al siguiente momento Tania ya se había lanzado, y la estaba besando tal y como sus miradas durante toda la noche le habían presagiado.
Las dos se quedaron allí durante mucho rato, hasta que una de las chicas que salió del baño carraspeó, probablemente un poco incómoda, y ambas se apartaron.
Tania la miró con una emoción extraña, y Clara se tensó.
―Oye... ―se rio un poco histérica― No te lo he preguntado. ¿Cómo te llamas?


viernes, 3 de abril de 2020

Prompt 9: En la casa de mi infancia

Un despiste
Hacía varias horas que todos se habían despertado, y poco menos desde que habían salido a buscar comida para ese día. Estaba haciendo mucho calor ese día, y el pequeño llevaba tiempo queriendo parar a descansar, pero sabía que no podía porque aún no había encontrado nada de comer ese día.
No hacía mucho tiempo que su madre le había dejado salir a volar lejos del nido, y no podía demostrarle que seguía siendo un bebé. Tenía que aguantar y seguir buscando.
Se propuso llevar el gusano más gordo de todos sus hermanos, a pesar de que él era el más pequeñito.
Las nubes estaban muy altas, y, aunque los enormes bloques de piedra se alzaban a su alrededor, no conseguían tapar el terrible sol que caía justo desde arriba. El pequeño sintió que sus ojos empezaban a estar cansados de mirar de un lado para otro, y que sus movimientos llevaban un rato sin ser fluidos, y habían empezado a ser más bien espasmódicos.
Estaba cansado, tenía sed, calor, y estaba empezando a ver borroso por los bordes. Tenía que encontrar algo pronto, o no tendría fuerzas para seguir buscando mucho tiempo más.
Estaba tan concentrado en mantenerse enfocado en todas las sombras que veía moverse por el suelo, en busca de las que ya había empezado a reconocer como comida o animales, que no se dio cuenta de que uno de los altos bloques de piedra tenía un agujero abierto.
En un parpadeo, el pequeño se encontró mirando un suelo que estaba mucho más cerca de sí mismo que hacía un instante. Además, era un suelo de color mucho más claro, marrón, con vetas oscuras.
Escuchó un chillido agudo, y al mirar arriba, una señora le estaba mirando con los grandes ojos verdes horrorizados.
―¡Se ha colado un pajarito! ―gritó la señora. 
Aunque el pequeño no pudo entender lo que ella había dicho, por supuesto, y solo escuchó una serie de sonidos extraños muy altos. 
Asustado, intentó alejarse de la mujer. Entró en un pasillo oscuro. Al final, a la derecha, había una fuente de luz. Se acercó esperanzado, queriendo irse de allí. Ya se había olvidado de conseguir comida, lo importante ahora era escapar. 
Vio el azul del cielo tan claro como si estuviera volando bajo el sol, y se apresuró a llegar allí. Sin embargo, justo cuando creía que podría escapar de aquella cueva oscura y extraña, se chocó con algo. 
Se calló al suelo, pero en seguida fue capaz de levantarse, mirando con confusión el cielo. ¿Con qué se había golpeado? No había nada allí. De fondo, los gritos de la mujer se habían unido a la voz grave y tranquila de otro hombre. 
Volvió a intentarlo, con cautela, pero volvió a chocarse con algo invisible.
Una trampa. Le estaban tendiendo una trampa.
Asustado, volvió por donde había venido, hasta ese pasillo oscuro con muchas puertas. Deshizo todo su camino. Sabía que podría salir por donde fuera que había entrado, ¿no? Solo tenía que encontrarlo, y superar todas las trampas y obstáculos que se estaba encontrando.
Cuando llegó al primer sitio donde había entrado, la mujer estaba medio escondida detrás de un hombre alto y de pelo negro. Los dos le estaban mirando, pero no supo entender cuáles eran sus intenciones.
Así que se puso en lo peor.
Trató de esquivarles, girando rápido a la izquierda, y pudo ver el cielo de nuevo. 
Soltó un chillido alegre al sentir el aire de nuevo en la cara, pero volvió a chocarse con la cosa invisible que le había impedido salir en el otro sitio.
No... No iba a ser capaz de salir de allí.
El miedo se instaló en su pecho y empezó a gritar y gritar, esperando que así le fueran a dejar libre. 
Buscó un escondite por todas partes, y se metió en un sitio muy pequeño y oscuro, detrás de varias figuras que se movieron cuando las golpeó. Se intentó quedar quieto en una esquina, y esperó que las personas se olvidaran de que él estaba allí y pudiera escapar y volver con su familia. 
Escuchó un ruido que venía de lejos, y de repente apareció una humana más pequeña que el resto, frotándose la cara. 
―¿Qué pasa? ―preguntó.
Aunque el pequeño solo escuchó una serie de sonidos roncos que le hicieron revolverse un poco en su sitio.
Tres. Eran tres. Muy grandes. ¿Cómo iba a ser capaz de salir de allí?
―Se nos ha colado un pajarito ―respondió la mujer. Su tono había cambiado a uno más calmado, y el pequeño no sabía cómo interpretar eso. ¿Estaba más calmada porque él la había sorprendido, o porque ahora le tenían donde querían?
La humana pequeña soltó un grito, y él también chilló y se movió a la otra esquina de su pequeño escondite.
No sabía si podían verle, pero deseó con todas sus fuerzas que no.
―¿Qué vais a hacer? ―preguntó la humana pequeña.
―Cogerle ―respondió el hombre, con la voz muy grave para el pequeño.
Lo próximo que él vio fue que el humano se acercaba hacia su escondite y metía las manos hacia donde estaba él.
Trató de gritar y patalear, pero fue inútil. En seguida se vio envuelto por unas enormes manos que le cogían todo el cuerpo y no le dejaban moverse. Sin embargo, siguió gritando, pidiendo ayuda desesperadamente. 
Quizá, si alguno de sus hermanos pasaba por allí y le escuchaba, entraría a ayudarle y podrían irse los dos sanos y salvos de vuelta a casa. Era lo único que podía pensar.
Sin embargo, antes de darse cuenta, vio que el hombre se movía hacia el agujero al exterior, y que la mujer se adelantaba para mover una barra de metal que el pequeño no entendió, pero simplemente era para abrir más la ventana. 
Se quedó callado, confuso. 
De primeras, no quería tener fe. Después de todo, estaba atrapado en las garras de un animal mucho más grande que él, indefenso y sin poder moverse. ¿Cómo iba a tener algún tipo de fe de que podría sobrevivir?
Pero ahí estaba, apenas unos segundos después, cayendo a plomo hacia el suelo.
Sus instintos en seguida se activaron. Sus alas se extendieron y empezaron a batir como locas. Sin pensarlo, puso rumbo a casa. Se le había quitado el hambre.
No le importó ser el único que no traía comida, ni que se rieran de él por haberse metido en líos. 
Iba a ser el pájaro de su familia con la mejor historia que contar durante muchos años. 

jueves, 2 de abril de 2020

Prompt 8: Arco Emocional de Edipo

Nuevas rutinas
Miré a la televisión con los ojos desenfocados, masticando los cereales rellenos de cacao mecánicamente, una cucharada tras otra, sin parar. En la televisión, un veterinario estaba intentando calmar a un perro pequeño que se había roto una pata.
Miré mi reloj. Aún me quedaban veinte minutos para arreglarme. Tiempo de sobra.
Terminé la leche, dejé la taza en el fregadero y me fui a terminar de arreglarme.
Ese día me había propuesto llegar a tiempo a clase. Ya, ya sé que es lo más normal, lo esperable de cualquier estudiante universitario, blablabla. Pero por alguna razón ese curso se me estaba haciendo una tarea imposible. Además, ya había faltado varias veces a prácticas en las que la asistencia era importante, y una de las profesoras ya me había avisado de que si volvía a faltar sin justificación, perdería el treinta por ciento de mi nota.
Así que me había puesto el despertador (los tres) quince minutos antes de lo habitual, había conseguido no quedarme media hora en la cama, y si todo iba bien iba a salir de casa casi veinte minutos antes de lo normal.
De hecho, emocionada al ver una motivación inusitada para mí, pensé que quizás ese era un nuevo comienzo. Tras esto, conseguiría adquirir alguna disciplina, ser puntual, y quizás hasta aumentar mi media.
Es lo que iba pensando mientras bajaba las escaleras y caminaba los cinco minutos que tenía hasta la parada del autobús. Además, no había sido tan duro, ¿no? Simplemente había tenido que perder quince minutos de sueño (qué más da eso) y no enrollarme a mirar Twitter e Instagram antes de levantarme de la cama. Ya podría mirarlos en el autobús.
Empecé a ponerme nerviosa según el tiempo pasaba y éste no llegaba. Solía tardar pocos minutos a esas horas de la mañana, pero ahora llevaba ya más de cinco esperando y no había ni rastro del gran vehículo verde.
Solté un suspiro cuando justo le vi entrar por el principio de la calle, como si le hubiera invocado.
Miré la hora. Iba bien.
Cuando me senté en mi sitio preferido (al final del todo, a la derecha), miré por la ventana con una sonrisa de autosuficiencia. Así que sí era capaz de ser responsable después de todo, ¿eh? Solo tenía que... trabajar un poco bajo presión.
Saqué mis cascos y el móvil y me puse mi playlist mientras cotilleaba las nuevas noticias y fotos de mis conocidos en las redes. Me empezó a entrar un poco de sueño después de un rato, y decidí cerrar los ojos, apoyando la cabeza contra el reposacabezas. Total, en poco rato pararía el autobús, no me daría tiempo a dormirme.

Un badén me hizo abrir los ojos. Debí jadear en alto a la vez que abrazaba mi mochila, porque la mujer que tenía a mi izquierda me miró de refilón un poco raro.
Miré a mi alrededor. Apenas llevábamos tres cuartos del recorrido. ¿Qué hora era? ¿Cómo me había quedado así de dormida en apenas quince minutos?
Miré al reloj. Las diez menos cuarto.
No, no, no. No podía ser así de tarde. La clase empezaba a y diez, y aún tenía que coger otro autobús que tardaba otros veinte minutos antes de llegar a la universidad. Miré a la fila de coches que se extendía delante de nosotros.
Atasco. Un maldito atasco. Justo el único día que me había levantado pronto. El día que había decidido poner de mi parte y la vida me hacía esto. No me lo podía creer.
Si es que al final no sirve para nada intentarlo.
Respiré profundamente cuando me vino ese pensamiento a la cabeza. A ver, tampoco me iba a poner así de dramática. Si todo iba bien, llegaría, aunque muy, muy justa. Y sino, aunque llegara cinco o diez minutos tarde, dudaba de que la profesora me fuera a quitar las prácticas. Solían pasar lista al final.
Así que cambié de canción y me puse una más alegre que el Impossible de James Arthur que había estado sonando y me acomodé de nuevo en el asiento. Solo me quedaba esperar.

Cuando llegamos a la parada siete minutos y medio después, fui la segunda en salir pitando del autobús. Y solo porque había una señora que ya había estado ahí de pie cuando yo me levanté.
Corrí entre las mareas de gente que solía haber en el intercambiador a esas horas, con cafés en la mano y cara mustia, y traté de no caerme de bruces mientras subía las escaleras de dos en dos. Ah, sí, las escaleras mecánicas estaban estropeadas, por cierto.
Llegué a la superficie en un sprint. Por supuesto, el semáforo estaba en rojo, con un pequeño grupo de gente esperando también.
Me quedé parada, aunque no paraba de mover los pies en anticipación. Miré el reloj dos veces, y tuve que mirarlo una tercera porque no me salieron bien las cuentas. Además, estaba mirando compulsivamente el dichoso semáforo en rojo y el autobús que tenía sus puertas abiertas y estaba absorbiendo a la gente de la fila como una aspiradora gigante.
Si perdía ese, tendría que esperar otros cinco o diez minutos. Y ya iba unos cinco minutos tarde.
El semáforo cambió a ámbar y los coches se empezaron a parar poco a poco. Seguía en rojo para los peatones, pero yo empecé a cruzar igualmente. Cuando llegué a la puerta del autobús, ésta tuvo que abrir de nuevo la puerta porque acababa de cerrarla cuando había llegado corriendo, con cara de loca y los ojos muy abiertos del susto.
Gracias al cielo por los conductores amables.
Me senté, de nuevo en mi sitio, y sentí las pulsaciones aceleradas golpeando en mi cuello. Lo había conseguido. Había llegado.
El autobús arrancó y miré de nuevo el reloj: las diez menos dos minutos. Seguramente llegaría un poco tarde, pero nada raro. Además, esta vez podría decir que había tráfico, y sería verdad.
Eché un vistazo a la gente del autobús, esperando ver a alguien de mi clase por allí. Siempre era mejor llegar con alguien cuando se entraba tarde, quedabas menos mal y tenías a alguien para apoyar tu teoría del atasco. Pero en ese momento no había nadie que reconociera, así que tendría que hacer el camino de la vergüenza hasta mi sitio sola, con la cabeza gacha y los dedos cruzados.
Bueno, al menos iba a entrar a clase.
Sonreí un poquito, casi de forma sarcástica. Pocas veces se me había hecho tan largo el dichoso camino. Solo esperaba que los próximos días se hiciera más fácil, o que me acostumbrara rápido a esta nueva rutina. Al menos los lunes y los miércoles, que tenía prácticas de esta clase.
Desbloqueé el móvil y bajé los casi cincuenta mensajes que habían mandado desde ayer a las diez de la noche. No sabía qué habían dicho, pero ya lo miraría después.
―¿Alguien más va a llegar tarde a primera? Jaja
Dos de mis compañeras respondieron en seguida con stickers de un dibujo riéndose. Sonreí.
Luego, una de mis mejores amigas de clase me habló por privado, reenviándome mi propio mensaje.
Tía, la profe estaba súper mosqueada. Creo que te va a quitar la parte de prácticas de verdad. 
Fruncí el ceño.
―Pero si solo voy a llegar diez minutos tarde, no creo que me lo cuente como falta. 
Vi que mi amiga empezó a escribir. Luego, lo borró. Volvió a escribir, y yo empecé a ponerme nerviosa. Al fin me llegó el mensaje:
―... la clase era a las nueve. 


lunes, 30 de marzo de 2020

Prompt 7: Fantasía

Viento
Los dos hombres caminaban entre los altísimos árboles con un paso agradable y gracioso, sin ninguna prisa por volver a casa. Llevaban toda la tarde fuera, buscando presas por los alrededores para traer a su manada, así que ambos cargaban con sendas bolsas llenas de pequeños animales que servirían para comer durante un par de días. Suficiente, pero no demasiado para que la comida no se les estropeara.
Los dos iban desnudos, charlando animadamente sobre la caza. Se habían pasado todo el día en su forma de lobo, y ahora estaban aprovechando para comentar la jugada, ya que podían hacer mejor uso de sus cuerdas vocales.
La forma de lobo estaba mejor para muchísimas cosas, y también les servía para comunicarse ligeramente, pero la capacidad del cuerpo humano para conversar era una de las que más disfrutaban.
—Sinceramente, pensé que se nos iba a escapar —rió uno de ellos, moreno. 
Los dos eran betas de la manada, así que no había rivalidad entre ellos. Además, hacían un muy buen equipo.
—No te voy a engañar, yo también lo pensaba  —respondió el otro, con el pelo de un castaño claro—. Has hecho una finta muy rara, por un momento pensé que estabas haciendo el tonto de nuevo.
El moreno pareció no ofenderse por ese comentario, y sonrió de lado con tranquilidad.
—Estoy intentando una cosa nueva. 
—¿Ah, sí? ¿El qué? —se burló el otro. 
Su compañero le echó una mirada sucia. 
—Me da igual que no me creas. Ya me reiré yo cuando consiga hacerlo y no te enseñe ni un poquito. 
El rubio bufó.
—Simplemente te copiaré. 
Su amigo le clavó los ojos ámbar. 
—¿No tienes ni un poquito de orgullo, o qu-?
Ambos se pararon en seco al notar un olor extraño. Casi inmediatamente, se escuchó un grito agudo viniendo de la dirección de su campamento. 
Los dos se pusieron tensos, pero no echaron a correr. En lugar de eso, ojearon sus alrededores intentando identificar ese olor tan extraño e inquietante. Escucharon un gruñido potente a lo lejos, pero en seguida lo reconocieron como el gruñido del alfa.
Ahí sí que echaron a andar a paso ligero, cautelosos, listos para transformarse en lobos y correr a toda prisa al más mínimo cambio. 
No fue hasta que no estuvieron a un par de minutos del campamento que vieron las tres sombras al lado de un árbol. El olor extraño se había ido haciendo cada vez más potente, hasta que los dos sintieron que lo que fuera que era eso estaba lo suficientemente cerca como para saltarles encima. 
Al lado del árbol estaban el alfa y una mujer llorando. Sin embargo, lo que más les llamó la atención fue el pequeño cuerpo derrumbado sobre el árbol, desmadejado como una muñeca de trapo. 
Era uno de los niños de la manada. Estaba a pocos meses de llegar a la mayoría de edad. 
De su cuerpo salía un objeto punzante con plumas de colores en el extremo que sobresalía.
Los dos se quedaron helados durante un segundo. Tan solo se escuchaba el llanto de la mujer, la madre del pequeño, y el ruido del resto de animales del bosque. El viento se mecía y aullaba entre las hojas como un lamento más. 
—No puede ser —fue lo primero que dijo el moreno, después de varios momentos de silencio espero y confuso.
El alfa fijo sus ojos oscuros y cabreados sobre ellos.
—Pues ya ves que sí. No es que yo te lo diga.
—Puede que haya sido otra manada. Puede que hayan decidido usar...
—Ya sabes que nosotros no usamos esta clase de armas. No tienen honor, ni clase, ni respeto hacia la persona —escupió en el suelo.
La mujer les miró con los ojos azules lleno de dolor y del mayor terror que habían visto en sus vidas. Si se hubieran mirado entre ellos en ese momento, podrían haberlo visto también reflejado en sus propias miradas. 
—Pero... son solo una leyenda —el castaño se pasó la mano por el pelo, desesperado, y dejó caer la bolsa con las presas. ¿Qué más daba eso ahora? 
La mujer sorbió por la nariz.
—Están aquí. Puedo olerlo. Sé que vosotros también lo oléis. Es parte de nuestro olor, mezclado con... con...
—Odio. Rabia —respondió el alfa—. Maldad. 
El moreno soltó una risita histérica. En cualquier otro momento no se le hubiera ocurrido reírse delante del cadáver de uno de los pequeños, pero ni siquiera fue consciente de lo que hizo. Fue un intento de su cerebro de lidiar con lo que estaba pasando.
—No puede haber... humanos. Eso es una tontería. No hay solo humanos, igual que no hay solo lobos. Son cuentos de hadas. No hay partes de lobo y de humano que se separan en la luna llena. No hay humanos disparando flechas para terminar con nosotros. 
No sabía a quién estaba intentando convencer, si a ellos o a sí mismo. 
Era un cuento que se le contaba a los niños pequeños para que se portaran bien las noches de luna llena y no se alejaran demasiado del campamento, para que no se perdieran. Se decía que había algunos hombres lobo que, si les daba la luna, mutaban y las dos partes de su ser se separaban: la fuerza animal del lobo, y la inteligencia brutal del humano. Y que, al estar separadas, no eran capaces de controlarse ni inhibirse la una a la otra. 
Así, el lobo se metería en peleas hasta la muerte con los pequeños.
Pero la parte humana... La parte humana sabía crear herramientas para no tener que acercarse. Cuerpo a cuerpo era más débil. Y no tenía el sentido del honor del lobo, así que atacaba de lejos, con armas de gran velocidad decoradas con partes de otros animales como señal de amenaza. Y de burla.
Los cuatro miraron reflexivamente a la luna. Ese día estaba llena, y refulgía con un tono amarillento. Un color enfermizo, como el que habían adquirido los ojos vidriosos del niño a sus pies.
Tendrían que volver al campamento y contárselo al resto. Después se irían de allí. Lo más lejos posible, hasta algún sitio donde pudieran esconderse en días de luna llena. Nada sería lo mismo después de eso.
El viento aullaba cada vez más, casi como coreando el llanto y el miedo que los cuatro estaban sintiendo al unísono. Doliendo por el pequeño.
Quizás si no hubiera estado soplando tan fuerte, los cuatro hubieran podido escuchar unas cuerdas estirándose, el crujido de los arcos al estar bajo tanta tensión, o las respiraciones nerviosas y agitadas de las personas que los sostenían, escondidos en las sombras de las ramas de los árboles a su alrededor. 
Quizás, si la naturaleza no hubiera estado coreando su pánico, hubieran escuchado el silbido de las flechas al salir disparadas, certeras a los cuatro cuerpos.
Pero no fue así, y las hojas siguieron con su tétrica canción mucho después de que los cuatro cuerpos hubieran caído al suelo y dejado de respirar.