martes, 18 de febrero de 2020

Prompt 1: Un baile multitudinario

Año nuevo, vida nueva
Laura intentó perderse en el baile. La música era buena, el ambiente no estaba demasiado cargado, ella misma estaba agradablemente achispada... todo debería haberla hecho sentirse contenta mientras bailaba bajo los focos de colores al ritmo de Bad Bunny. 
—¿Cómo te llamas?
Ahogando un suspiro de cansancio, Laura pasó del chico que llevaba viendo acercarse desde hacía un par de minutos. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la barra, dispuesta a comprarse otro combo de dos cubatas por diez euros. 
Ahora solo le quedaba encontrar a alguno de sus amigos.
O, lo que era incluso mejor, a Juan. 
Toda la gente a su alrededor parecía tan contenta. Todas las caras se miraban y cantaban con una sonrisa y la cara sudorosa, el maquillaje corrido por el calor, a pesar de que era 1 de enero. 
Pero ella no era capaz. 
Cuando llegó a la barra se encontró con su amiga Mireia. Ella estaba más borracha aún, y pareció muy aliviada de verla.
—¡Laura! ¿Dónde leches estabas? —preguntó mientras le daba un fuerte abrazo—¡Te llevamos buscando desde hace como media hora!
Laura no pudo reprimir una mueca de disgusto junto con un pinchazo de culpabilidad. 
—Ya sabes... —gritó por encima de Becky G.— Estaba hablando con Juan. 
Ahora fue Mireia la que puso una mueca, sabiendo exactamente lo que pasaba. 
Siempre la misma historia. No sé para qué salgo de fiesta.
—¿Habéis discutido?
Laura se encogió de hombros.
—He dado un par de vueltas a la sala, ya me iba a volver a salir.
Su amiga la tomó de la mano y se abrió mano a empujones entre la gente.
Cuando salió a la calle, lo primero que hizo fue mirar alrededor, a los grupitos de gente, en busca de esa familiar cabeza de pelo rubio rizado que no había entrado detrás de ella cuando se había ido enfadada. A pesar de que lo había estado esperando. 
—¿Qué ha pasado esta vez? —inquirió Mireia, sacándose un piti del pequeño bolso beige. 
Laura se abrazó a sí misma cansada.
—Lo de siempre. Hemos discutido por una tontería, hemos exagerado todo, y me he ido esperando que viniera para solucionarlo. Pero no. ¿Le ves?
Mireia echó un vistazo alrededor y soltó una calada. 
—Nop. Pero allí está el resto. ¿Quieres ir?
Ella negó con la cabeza.
—Creo que voy a llamarle. Quiero arreglarlo.
Su amiga la miró con el ceño fruncido, y ella ya sabía perfectamente lo que estaba pensando y lo que iba a decir antes de que lo hiciera.
—No te voy a decir nada, pero no creo que esta situación sea sostenible. ¿Cuándo fue la última vez que salisteis de fiesta sin discutir?
Laura hizo memoria y, al no encontrar una respuesta, decidió encogerse de nuevo de hombros en vez de responder. 
Su amiga suspiró.
—Ven a buscarme si necesitas algo, o llámame, ¿vale?
Ella asintió, y después cruzó a la acera de enfrente, que estaba mucho más vacía. 
Justo cuando estaba a punto de entrar en el paso de cebra, le vio de reojo, riendo y charlando relajadamente con unos amigos que a ella no le sonaban, al lado de la otra discoteca que había en esa calle. 
Se acercó a paso rápido, sin poder evitar pensar en lo bien que fingía él con el resto que no le pasaba nada. O eso, o realmente no le importaba una mierda que hubieran discutido y que ella estuviera rallada. 
En cuanto la vio acercarse, su expresión cambió como si acabara de morder un limón, y se despidió rápido  antes de acortar la distancia que había entre ellos. . 
Laura sentía que todos alrededor les miraban, esperando que pasara algo.
—¿Ya se te ha pasado? —preguntó él, con recochineo.
Ella sintió que la ira bullía en su interior y se mordió la lengua. 
—Creo que no soy la única a la que le pasa algo.
—A mí no me pasa nada. No soy yo el que se ha enfadado contigo por una estupidez. 
Ella apretó la mandíbula.
—No me enfadé contigo. Simplemente no sabía dónde habías ido, y estuviste más de tres cuartos de hora cuando nos fuimos del parque sin aparecer ni responder a los mensajes. Solo quería saber dónde estabas para ir contigo —intentó explicar de manera calmada, aunque le salió un tono más borde de lo que le hubiera gustado.
Juan resopló y puso en blanco sus ojos marrones. 
—Estaba con unos amigos que me avisaron de que estaban cerca. No me iba a perder. No pasa nada porque no estemos juntos toda la noche. 
Laura se pasó las manos por la cara. 
—No es que no quiera estar separados ni un momento, Juan, solo quería saber que estabas bien. ¿O preferirías que no me preocupara? —se arrepintió el mismo momento en el que soltó la pregunta. 
Porque no quería saber cuál era la respuesta. 
Que fue encogerse de hombros y mirar hacia otro lado, casi con aburrimiento.
—Yo no te he pedido que te preocupes. 
No podía soportar eso más, así que se dio la vuelta y echó a andar, intentando dejar ir el enfado y la frustración de alguna manera. ¿Cómo podía ser tan denso? ¿Cómo podía importarle tan poco? 
—¿Me estás diciendo que si hubiera sido al revés no te hubieras preocupado ni un poquito si no aparezco en casi una hora?
—Ya eres mayorcita, habría supuesto que estabas haciendo algo o hablando con alguien.
Ella soltó un gruñido.
—Mira, vete a la mierda —se fue pisando fuerte.
Como siempre que hacía eso, esperó escuchar unos pasos fuertes detrás suya, siguiéndola. Deseó con todas sus fuerzas que él la cogiera del brazo para pararla, que se diera cuenta de las tonterías que estaba diciendo y pudieran hablar las cosas como personas racionales. 
Pero, también como siempre, en seguida se encontró sentada en el bordillo entre dos coches, con la cara entre las manos y el maquillaje corrido. 
De nuevo la intentaba hacer sentir como si fuera siempre una exagerada, como si sobre actuara y lo que sintiera no fuera lo suficientemente importante como para intentar arreglarlo al momento. Como si lo mal que lo estaba pasando fuera culpa suya, por tomarse las cosas siempre a mal. 
La gente seguía pasando a su alrededor, riendo hasta que se daban cuenta de que ella estaba allí. Entonces, sus risas cambiaban a esa expresión de pena que tanto se ve en las discotecas y las fiestas cuando hay una chica llorando.
Después de más de tres años de relación, estaba muy quemada. Siempre que tenían un problema se sacaba tanto de proporción, y ella salía tan mal parada mientras a él parecía no afectarle, que sintió que no podía soportarlo más. Sentía que Juan era su media naranja, que iba a ser el padre de sus hijos e iba a formar una familia con él. Pero en ese momento, sentada entre gente que parecía mirarla con la respuesta en los ojos, algo cedió. Sintió que no quería seguir viviendo eso en dos meses, mucho menos en dos décadas.
—Amiga, date cuenta —escuchó susurrar a una chica que pasó tambaleándose, agarrada del brazo de otra.
Esa otra la chistó, avergonzada, pero a Laura le salió una risa - si bien quizá un poco histérica.
—Gracias, creo que me acabo de dar cuenta.
Se levantó, se limpió la parte de atrás del pantalón, y rehizo el camino de vuelta a donde Juan seguía hablando con esos amigos, que la miraron con una cara agria cuando la vieron volver.
Él se giró para ver qué pasaba, y cuando la vio venir se le puso en los ojos esa expresión de "he ganado".
—Tienes razón —soltó ella, tragando con fuerza.
Él alzó las cejas.
—¿Ah, sí? 
—Sí —Laura apretó los puños y se decidió por fin a hacer lo que llevaba mucho tiempo pensando, pero nunca se había atrevido, porque por alguna razón había seguido pensando que la siguiente vez todo sería diferente, que iría a mejor. No lo haría—. Tú no me has pedido que me preocupe por ti. Así que no lo voy a hacer. Hemos roto, Juan. No merezco alguien que no me aprecie, y supongo que tú no necesitas a alguien como yo. Me largo.
No recordaba haber tenido que tomar nunca una decisión que le hiciera tanto daño, pero sabía que era lo mejor, y que lo agradecería en el futuro. Cuando encontrara lo que de verdad merecía. 
Después de eso, se alejó y llamó a Mireia para que la acompañara a casa. De camino, le contó todo lo que había pasado. 
Y se fue a casa con un corazón que ya había estado roto desde hacía tiempo, pero respirando algo más tranquila.  




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